Parejas que forman diez
A Merri, la equidna, le encantaban los pequeños acertijos. Le gustaba tocar un número, pensar un rato y esperar una respuesta amiga. Una mañana, corrió al andén del tren con Tavi, una tortuga de caparazón, y Sula, una araña amistosa. Una locomotora de vapor esperaba junto al andén. Su campana dio un suave ¡din! Sobre una mesa de madera había una ficha con el número 9. A su lado había un espacio vacío. —El tren no partirá hasta que cada número encuentre un compañero —dijo Sula—. Los dos compañeros deben formar diez juntos. Merri pensó mucho. Tavi golpeó la mesa con una pata. —Probemos primero con un número pequeño —dijo. Merri tomó la ficha con el número 1. La colocó junto al 9. Nueve y uno. ¡Diez! El tren soltó un alegre resoplido. El corazón de Merri también dio un alegre saltito. —¿Podrá cada número encontrar un compañero? —preguntó. —Podemos mirar —dijo Tavi—. Podemos contar despacio.
Sula hizo girar un hilo plateado desde la mesa hasta la entrada del jardín. —¡Sigan mi hilo! —llamó—. El siguiente acertijo está afuera. Atravesaron el jardín de la estación. Cerca de una rampa corta de madera, había una patineta en el suelo. Una ficha con el número 8 estaba sobre la rampa. Una ficha con el número 2 esperaba en la telaraña de Sula. —Ocho y dos —dijo Merri. Contó con sus garras—. Ocho, y dos más. ¡Diez! Tavi sonrió. —Un número grande puede necesitar solo un compañero pequeño. Entonces la patineta bajó suavemente por la rampa. Merri puso las dos patitas sobre ella. Tavi subió detrás de ella y Sula sostuvo un hilo atado al costado. ¡Fuuuush! Pasaron junto a las flores y se detuvieron al lado del tren. Sobre el pasto esperaban dos fichas más. Una decía 7. La otra decía 3. —¡Siete y tres! —gritó Sula—. ¡También forman diez! La campana del tren sonó dos veces. El jardín pareció cantar con ellos.
Los amigos subieron al vagón de los números. El tren empezó a avanzar haciendo ¡chucu, chucu! Dentro había un tablero de latón con pequeños espacios para las parejas de números. Merri vio un 6 en un espacio y un 4 en el espacio de al lado. —Seis y cuatro —susurró—. Diez otra vez. Tavi encontró dos fichas con el número 5. Las colocó una junto a la otra. —Cinco y cinco —dijo—. También son compañeros. Merri aplaudió con sus patitas. —Los números son como amigos en un picnic. Cada uno trae justo lo que hace falta. De pronto, el tren redujo la velocidad. El tablero de latón hizo un pequeño clic. Faltaba una última pareja en su fila. Merri sintió un cosquilleo en la barriga. ¿Habrían olvidado un número? Sula miró debajo del banco. Tavi miró detrás del tablero. Merri miró todas las fichas. Había fichas del 1 al 9, pero estaban mezcladas. —Recordemos —dijo Tavi—. El nueve necesitaba uno. El ocho necesitaba dos. El siete necesitaba tres. El seis necesitaba cuatro. El cinco necesitaba cinco.
Merri ordenó las parejas en el suelo. Tocó cada pareja con una patita. La fila formaba un pequeño y bonito dibujo. El tren comenzó a brillar con una cálida luz dorada. Por fin, la locomotora de vapor llegó a una estación en la cima de una colina iluminada por la luna. Bajo las estrellas esperaba un banco largo. Los amigos colocaron allí las cinco parejas: 9 y 1, 8 y 2, 7 y 3, 6 y 4, 5 y 5. Sula bailó sobre su telaraña. Tavi hizo un pequeño gesto orgulloso con la cabeza. Merri miró toda la fila. —Cada número del 1 al 9 tiene un compañero —dijo—. ¡Y cada pareja forma diez! El tren soltó su resoplido más grande. Merri, Tavi y Sula rieron mientras el sonido viajaba por las colinas. Entonces Merri encontró un espacio vacío más en el banco. Allí colocó una pequeña estrella de madera. No era un número. Era un recordatorio: cuando un amigo necesite ayuda, mira, cuenta y encuentra lo que encaja. Los tres amigos volvieron a casa en el tren bajo las estrellas, listos para su próximo acertijo.
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Para el adulto
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