La montaña del patio trasero
Detrás del estanque había una colina cubierta de hierba. Daisy la miraba cada mañana. Para ella, no era solo una colina. Era una montaña. La montaña se elevaba muy por encima del estanque. Su pequeño sendero subía dando vueltas y más vueltas. Parecía que las nubes descansaban cerca de la cima. Daisy se quedaba abajo y observaba cómo la brisa movía la hierba. —Quizás podría escalarla —dijo. Luego sacudió la cabeza. —Quizás no podría. Daisy era una patita pequeña, pero la montaña parecía enorme. Imaginó piedras resbaladizas, vientos fuertes y un largo camino hacia abajo. Su pancita dio un pequeño cosquilleo. Una mañana, Daisy oyó un ruido entre la hierba. Pip bajó por el sendero. Vivía en un nido acogedor, a mitad de camino de la montaña. Se detuvo junto a Daisy e inclinó la cabeza. —¿Estás mirando la montaña? —preguntó. —Sí —dijo Daisy—. Es demasiado grande para mí. Pip se sentó a su lado.
—Es grande. Pero no tenemos que llegar hasta arriba de una sola vez. Podemos dar un pasito y luego otro. Daisy miró el sendero. —¿Y si tengo miedo? —Entonces podemos tener miedo juntos —dijo Pip—. Ser valiente no significa no sentir miedo. Puede significar dar un pequeño paso aunque el miedo siga allí. A Daisy le gustó esa idea. Dio un paso sobre el sendero. Luego dio otro. El estanque se hizo más pequeño detrás de ella. Pronto llegaron al lugar donde vivía Pip. Su nido descansaba bajo una raíz ancha. Le ofreció a Daisy un pequeño descanso. Daisy se sentó cerca de la raíz y escuchó cómo susurraban las hojas. —He escalado hasta aquí —dijo. —Sí —dijo Pip—. Ahora tus pies ya conocen el camino. Daisy se puso de pie otra vez. El sendero se volvió más empinado. Rodeó una piedra y cruzó un trozo de tierra blanda. Daisy resbaló una vez. Se sentó rápidamente. —No puedo hacerlo —susurró. Pip no tiró de ella. Simplemente se quedó cerca. —Puedes hacer una pausa —dijo—. Hacer una pausa no significa rendirse. Daisy respiró despacio. Puso un pie con firmeza sobre la tierra. Luego el otro. Subieron paso a paso.
Por fin, el sendero se abrió en la cima. El viento danzaba a su alrededor. Muy abajo, el estanque parecía una cucharita de agua. Los árboles parecían pinceles diminutos. Daisy se quedó muy quieta. Junto a una piedra plana y tibia estaba Bo, un viejo yak muy sabio. Descansaba la barbilla sobre sus patas delanteras y contemplaba el cielo inmenso. —Bienvenidos —dijo Bo—. ¿Qué los trajo hasta la cima? Daisy miró hacia el sendero. —Tenía miedo. Pip me ayudó a escalar. Bo asintió lentamente. —Eso es algo muy valiente. Un corazón valiente todavía puede latir muy rápido. Unos pies valientes todavía pueden sentirse temblorosos. La valentía no es una puerta que hace desaparecer el miedo. Es una pequeña lámpara que llevas contigo mientras caminas. Daisy pensó en la pequeña lámpara que había dentro de sus palabras. Había llevado su miedo hasta arriba. El miedo no la había detenido. —¿De verdad la montaña era tan grande? —preguntó.
Bo sonrió. —Parecía grande desde el estanque. Se hizo más pequeña con cada paso. Pip enroscó la cola a su lado. —Y ahora conocemos el camino. Los tres amigos observaron cómo las nubes pasaban flotando. Daisy sintió que el viento le hacía cosquillas en las plumas. Todavía se ponía un poco nerviosa cuando miraba hacia abajo, pero ya no estaba paralizada. Cuando el sol empezó a ponerse, caminaron hasta un lugar tranquilo en la cima. El cielo se volvió más suave y apareció la primera estrella. Daisy se quedó entre Pip y Bo. Extendió las alas y dio un paso más hacia la vista inmensa. —Tengo miedo —dijo. —Lo sé —dijo Pip. —Y soy valiente —dijo Daisy. Bo dejó escapar un tarareo suave y satisfecho. —Las dos cosas pueden ser verdad. Daisy sonrió. La montaña no había cambiado. El sendero no había cambiado. Pero Daisy había cambiado un poquito. Mañana quizá volvería a escalar. O quizá descansaría junto al estanque. De cualquier manera, recordaría esto: un pequeño paso puede abrir un mundo muy grande.
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